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jueves, 16 de febrero de 2017

REVENGE OFTHE ALLIGATOR LADIES: ESTO NO ES UNA PELÍCULA ES UNA CAJA DE HERRAMIENTAS.


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Si no recuerdo mal, en mi artículo sobre la publicación en DVD de Al Pereira vs. The Alligator Ladies acababa diciendo algo así como que, en aquella ocasión, no estábamos ante una película sino ante un material que pasaba por ser -o por poder ser- aquello que el tito Jess habría deseado ver justo en el momento anterior de su paso al otro lado. Y sí, ha pasado un tiempo pero lo mantengo.
En esta ocasión, con ese paso ya consumado y presente en la mente de todos los actores de este artilugio que en ningún caso es una película, que en ningún caso cuenta una historia y que es, por encima de todo, un compromiso que había que cumplir, más que definir el metraje acumulado como una no película preferiría definir este artilugio como un contenedor, una caja de herramientas no exento de interés. Ya conoceréis la historia -y si no, os la cuenta encantado Antonio Mayans hasta que os quede bien claro cuantas veces os haga falta- de que la productora había firmado dos películas con Franco y Mayans y que al bueno de Jesús no se le ocurrió otra cosa que morirse cuando apenas había finalizado la primera.
¿Y ante esto qué se hace? ¿Se tira del metraje que tenía medio preparado Jesús Franco, que ya se estiró para cerrar la primera, y se le trata de dotar a la segunda entrega de una cierta “coherencia argumental” aunque te quede una entrega corta de “culitos in the night” de menos de cincuenta minutos a ver si cuela?, ¿Se hace una “ensalada” con esto y con aquello que se tenga a mano y que más o menos pueda tener alguna relación con el universo del eterno cineasta hasta que dé el metraje para poder llamarlo segunda entrega, aprovechando el buqué que dejó el A ritmo de Jess de Naxo Fiol que parece que gustó?, ¿Se añade también y a capón una historieta que sirva de “hilo conductor”, sin principio y sin final, respetando las tetas, los “culitos” y los “coñetes” de Jesús para que al espectador le quede ese sabor a Jess en la boca? ¿O se tira por la calle del medio, se envasa el DVD con todo lo anterior más el material extra, más los cortos -otra vez importantes los cortos-, más presentaciones y una suerte de descartes que no son tales para que en total se supere, una vez más, el metraje de la propia película y a partir de ahí hacemos un relato?

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Pues ante las evidentes diferencias de criterio de todos los responsables, me quedo con la idea de que triunfo lo último, de ahí lo de definir este imprescindible DVD como una caja de herramientas. Sí, has leído bien, imprescindible. El que ame la obra de Jess Franco debe, necesariamente, hacerse con una copia y, si por su mente ha pasado alguna vez dedicarse al cine, no sólo es obligatorio hacerse con una copia sino que debería estar penado que no la tenga ya.

Instrucciones de uso.

Como punto de partida y dado que, como hemos dicho, esto se trata de la segunda entrega de una historia, antes de aventurarnos en el interior de este espacioso contenedor, debemos recordar que el relato de lo que en su capa más accesible se nos quiso contar en Al Pereira vs. The Alligator Ladies fue que Al Pereira, el anteriormente conocido como seductor y pendenciero detective, reconvertido ya en su senectud en un carca ultracatólico, pacato y moralista, recibió el ataque de las libidinosas, pecadoras y descaradas Alligator Ladies, enviadas por el doctor Fu-Manchú, con la intención de que Pereira volviese a su vida de libertinaje, muriendo así con las botas puestas y la bragueta abierta.
Con estos antecedentes y ante la complejidad de las herramientas contenidas en este baúl necesitamos unas instrucciones para darle un buen uso a este DVD, estas son las mías.
  1. Sombras nada más.
 Mi primera recomendación tras desprecintar el DVD es que veas Revenge of Alligator Ladies: The Jess Franco Cut presente en los extras. Es la pieza que cierra el círculo de las Alligator Ladies de una manera más coherente y es también lo más puramente Jess Franco que hay en todo el DVD.
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En los cuarenta y ocho minutos de metraje, que empiezan con el abuelo cantando un bolero “rancheril” para el recuerdo, podrás ver precisamente las “sombras, nada más” de lo que ya nos queda, por desgracia, de inédito de nuestro cineasta más universal y en ellos están lo eterno de su legado. Están sus fetiches, sus fijaciones, sus tabúes rotos, el salvajismo animal del eterno femenino, la viciosa violencia de su deseo sexual, su vouyerismo culposo por herencia juedeocristiana, la burla a la misma como desesperada respuesta… todo con lo que en último término se deleitaba y castigaba feliz el director, no sólo como cineasta sino como ser humano, si es que había ya alguna diferencia entre ambos a esas alturas. Está la jam session de jazz, el expresionismo, la deconstrucción narrativa y el acto creador libérrimo y hedonista cuando no directamente onanista de desvestir los cuerpos de hasta tres mujeres, de deleitarse en su contemplación, de arrebatarse y regocijarse en ello, y de quedarse allí, a vivir, a morirse de gusto y de remordimiento gozoso.
Tres cuerpos, tres, que se contonean ante la cámara y la seducen cuando no la fuerzan a tener sexo con ellas, a la que muestran su anatomía en planos tan explícitos que son capaces ora de encender el deseo de las propias protagonistas -hay enrojecimientos cutáneos, extremidades tensionadas, respiraciones involuntarias, gestos reprimidos y erecciones aureolares que no dejan lugar a la duda-, ora de vaciar de toda connotación sexual, morbosa o erótica los primerísimos planos bulbares de los hermosos y, como siempre, hiperrealistas cuerpos de estas tres actrices cuyos extractos anatómicos quedarán grabados en tu córtex con mucho más detalle y mucha mayor familiaridad que cualquier otro extracto perteneciente; ya sea a tu actriz porno favorita; ya al cuerpo que más hayas frecuentado no años, sino toda una vida; ya a tu propio cuerpo, siempre presente y en primerísimo plano, en tu cuarto de baño, tal es el detalle y el tiempo de exposición hipnótica.
Está también el Al Pereira transfigurado en ese carcamal moralista que, aunque insulta a las comprometedoras jovencitas, reconoce -o se fuerza a reconocer- que sigue siendo un viejo verde al que le gusta “lo que nos gusta a todos” los que nos gustan las mujeres, por más que las maliciosas ladies le tachen de poco hombre y de preferir a los homosexuales que tanto frecuenta.
Y están por último las sombras, nada más, de lo que debió quedar en la retina del cineasta al morir y que se va desvaneciendo, descomponiendo, desapareciendo…
  1. Una negación del intelectualismo.
Un segundo paso que bien puedes tomar como una segunda forma de acometer el DVD es ver directamente la película. Bueno, la no-película de Jess Franco, no completada por Antonio Mayans, no interpretada por…, etc, etc, como se recoge en los títulos finales de la cinta, que no es tampoco una cinta. Ya volveremos a eso, si acaso.
Si viste la primera, te compras ahora el DVD y lo primero que haces es ponerte la peli, a engaños no te llames tampoco, compañero, que de sobra sabes que no iba a ser la última de Marvel. Aun así el ejercicio es duro. No es el “¡vamos a morir todos!” que grita el exaltado graciosete de la presentación en Cotxeres de Sants -que es al único que se le medio entiende lo que dice, por cierto- pero el impacto es duro. Y es más duro aún si nada sabes de cómo se gestó la cosa, del compromiso adquirido y si no conoces ni de oídas al tal Antonio Mayans.
Ignoro cómo sería el de hace veinte, treinta o cuarenta años -tienes una ocasión maravillosa para hacerte una idea ficticia en el corto AKA Robert Foster presente en el DVD-, si disimulaba más o aguantaba más la pose, pero al Antonio de ahora le pasa un poco lo que al detective Al Pereira: se ha hecho mayor y le da ya igual todo. Es el pragmatismo grosero personificado.
Precisamente por eso, si en algo valoras mi opinión, antes o después de ver la película, ponte la versión comentada por Antonio Mayans. Es oro puro. Y lo es no tanto por lo que cuenta ni por cómo lo cuenta -que ni siquiera está preparado y vaya si se le nota-, sino por lo que subyace detrás de todo ello: la desmitificación del cine como forma de arte -es memorable la normalidad con la que nos explica Casablanca– y la constatación de su idea del antiintelectualismo de todo el cine de Jess. De todo su cine, ojo. Y si me apuras de todo el cine en general.

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Amigo gafapasta, erudito en la materia, si estás ahí, manifiéstate que me preocupa que te haya dado un síncope. Esto no lo digo yo, lo dice Antonio. Si me preguntas mi opinión, creo que Antonio se leyó hasta ser capaz de recitarlo el libro de estilo de Jesús Franco, sí, pero por el lado que no era. Algo que explica cuanto afirmo es que Antonio Mayans en esto del cine se tiene, ante todo, por un jefe de producción, “el de los bocadillos” según su propia definición, por muchas películas que haya firmado como actor e incluso, ya de últimas, como director. Su figura resulta tan necesaria para entender a Jess como lo era Sancho para el Quijote. Y liberado de la presencia viva del mito, lo que sale por esa boquita, insisto, es oro puro. Su verdad. Se le olvida muy a menudo que Sancho no era el único que conocía bien al hidalgo de la triste figura, pero en esto del arte, desde el postmodernismo, tan válida es su interpretación como la de cualquiera y él estuvo allí mucho tiempo, y tú y yo, amigo mío, no.
Cierto es que, volviendo a la película y aún teniendo lo que cuenta Mayans muy presente, estoy convencido de que si este mismo proyecto trampa le pilla a Don Antonio con veinte años menos, las cuatro ideas apenas esbozadas y nunca desarrolladas que aporta a la entrega habrían llegado a funcionar. Tan cierto como que se ve en ella una desgana y una incapacidad de entendimiento con los que le colaboran que duele ver porque, aun con todo, podría haber quedado un trabajo más digno aunque poco o nada tuviese que ver ya con una película de Jess. Como si de uno de aquellos VHS que nos colaban en los videoclubs por películas de Bruce Lee se tratase -en las que, con suerte, aparecía en dos o tres segundos del metraje, robados de otras películas o recuperados de algún descarte- y que, a pesar de todo, nos acabábamos tragando.
Sí es cierto, por ejemplo, que el sonido de la parte documental del homenaje a Jess Franco en Berlín, incrustada con calzador en la cinta, no es que duela, es que ofende. El resto, sin embargo, no duele y mucho menos ofende, se lamenta que no se haya querido desarrollar. La trama en la que Mayans juega con el supuesto conflicto familiar que le genera seguir haciendo películas “marranas” con el abuelo Franco -con el que llega a “enfadarse”-, el gañán aunque simpático cambio de acera de Al Pereira con Víctor Olid primero y en los locales nocturnos coruñeses después que tampoco se desarrolla, ese momento fantástico en el que pierde la cabeza, con los turcos disfrazados y la búsqueda fallida del último capricho del mito de fondo, en el que consciente de su paranoia no acierta a saber quién es el objeto de la misma, si lo es su personaje, su alter ego como actor, Robert Foster, o él mismo en su rol de director, ese reírse del metacine, de la trascendencia artística del cine sobre la vida y de la vida sobre el arte, son elementos de un cine de guerrilla que ambos, tanto Jess como Antonio, habrían sido capaces de reivindicar de haberse atrevido a apostar por ello. El resultado final que queda es el de que se pudo haber cerrado mejor con apenas un poco más de voluntad.
  1. Make yourself.
 Y así llegamos al tercer recorrido propuesto. Recopilemos: En esta suerte de baúl mágico tenemos el recuerdo del antecedente de la primera entrega, tenemos el material de puro Jess en el “Jess Franco cut”, tenemos lo aportado tanto en obra como en palabra por Antonio Mayans, y tenemos incluso un material  denominado “Escenas con montaje alternativo” dentro de los extras de lo rodado por Mayans. Tomemos esto como materia prima.
A mayores, tenemos una reivindicación del cine como oficio de artesanos, del cine como elemento de guerrillla, del cine como oficio desprovisto de toda trascendencia artística o intelectual, como acto lúdico y de libertad vital. Conceptos todos puestos en valor tanto en la figura de Mayans, como en la de Mona Proust -o Monserrat Prous Segura, como prefiráis- presente en el corto de Javier Pueyo Diario íntimo de una actriz, como de manera más especial aún y significativa en la de los creadores y participantes de los otros tres cortos recogidos en este maravilloso contenedor lleno de compartimentos secretos.

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La alegría y la necesidad de hacer cine, de expresar algo, lo que sea, de comunicarlo y transmitirlo sin esperar nada a cambio, están presentes de la manera más notable en el terrorífico e interesante Reptilarium de Joan Vall, en esa infamia bizarra de Víctor Olid que él llama Jarjacha contra Pistachu y en la Susi del colectivo Troncho-Cinéma, segunda entrega de su trilogía de cortos de mujeres sin mujeres. Tomemos esto como coartada.
Si te haces con el DVD y has leído hasta aquí es que tienes el gusanillo del cine dentro y no sólo como espectador sino como parte activa del proceso. Mi propuesta final es la siguiente: a estas alturas ya sabes qué aspecto habría tenido Revenge of the Alligator ladies en tu cabeza. Tienes la materia prima, tienes la coartada y, como dice el bueno de Mayans “con esto del vídeo todo son ventajas”, tienes las herramientas: Háztela tú mismo.

Ángel Chatarra

PD: Nada le habría honrado más al tito Jess.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

LOVE CAMP: MUJERES EN EL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DEL AMOR (1976)


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Dudo que a la hora de rodar 99 mujeres Jesús Franco fuera consciente de que acabaría creando un subgénero al que se apuntaron muchos otros realizadores todoterreno a lo largo de la década de los setenta (y principios de los ochenta) y al que él mismo volvería en no pocas ocasiones. Pero es un hecho que gracias al éxito cosechado por ésta, las wip (Women in prison), resultarían unas producciones que, pese a estar rodadas en países algo exóticos, eran rentables y aún más importante, rápidas de hacer. Sin embargo, conforme avanzaron los años los argumentos de estas wip (al menos en el caso de Franco) eran cada vez más escuetos, y algunos matices que pudiera tener en un principio (como podría ser esa crítica al autoritarismo que Carlos Aguilar tilda en su monográfico sobre Jesús Franco[2] de “postiza y que a nadie le importa”[3]) fueran cada vez más delgados o, simplemente, sirvieran de pretexto anecdótico a unas tramas en las que cada vez se daba mayor protagonismo a los desnudos femeninos para poder así satisfacer las exigencias del espectador de la época, varón por lo general, ávido de sexo.
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Otro de los elementos que parece desvanecerse con los años pero que al menos en los dos primeros wip realizados por Franco figuraba – es decir, 99 mujeres[4] y aún más si cabe en Los amantes de la isla del diablo[5] -, es el de un personaje que media entre los malvados opresores y las víctimas. En ambos casos dichos roles se presentan como los posibles salvadores y la única esperanza de que las víctimas/protagonistas acaben en libertad y se haga justicia de una vez por todas. Aunque no está de más apuntar que en el caso de 99 mujeres dicho personaje, interpretado por Maria Schell, resulta algo ambiguo y su cometido no estaba lo suficientemente implantado, pues al no encontrar suficientes pruebas para salvarla, decide dejar de ayudar a la presa a la que incorporaba Maria Röhm, provocando la huida de ésta junto a otras reclusas.
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¿Qué podemos esperar entonces de esta Love Camp, mujeres en el campo de concentración del amor? Lógicamente sexo y generosos desnudos… De hecho, aunque también hay algún desnudo masculino, todas y cada una de las féminas que aparecen durante el metraje (es decir, tanto militares como presas) lo hacen en pelota picada y como mucho se llegan a poner un salto de cama trasparente o unas botas y chaquetas militares lo suficientemente abiertas para que no tapen sus atributos… Y aunque esto, no nos engañemos, no hace daño a nadie, con toda seguridad puede sacar de quicio a los círculos más feministas.
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El argumento de Love Camp no puede ser más delirante: un grupo militar revolucionario de un exótico país aparentemente latinoamericano y liderado por algún régimen dictatorial, rapta a un puñado de hermosas damiselas a las que recluyen y convierten en prisioneras-putas con el fin de poder mitigar la sed de sexo de Da Guerra (Wal Davis), el líder del grupo, y el resto de sus hombres (y mujeres[6]). De ese modo llegamos a Angela Delame (Ada Tauler, pareja de Davis en la vida real), una joven recién casada que es secuestrada en el lecho matrimonial (justo cuando iba a consumar su unión, para más inri). La pobre Angela no tarda en ser el blanco de la fijación y el deseo de Da Guerra con el que nace una imposible historia de amor, engaños y celos…
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Estamos ante una wip en la que se rebaja el nivel de violencia (aquí mueren algunas reclusas, además de algún espía torpe infiltrado en el grupo que es pillado con las manos en la masa, pero Franco no se recrea en dichos pasajes sádicos) en pos de las abundantes escenas picantes con las que se rellena la cinta. Así pues, mediante polvos en una hamaca entre Da Guerra y Angela, o los intentos de Isla[7] (Nanda Van Bergen) por conquistar a ésta, va transcurriendo una trama de lo más endeble con algunos momentos verdaderamente ridículos. No sabemos cuáles eran las verdaderas intenciones de Franco a la hora de llevar a cabo tamaño delirio, pero viendo esta Love Camp podemos llegar a dos conclusiones: o bien el tío Jess rodó esta película sin importarle ni lo más mínimo lo que quería contar o, por el contrario, ideó una especie de parodia del subgénero que él mismo parió.
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A tesón de la cantidad de títulos que ha realizado, lo más normal es que pensemos en la primera opción; es decir, que un Jesús Franco desbordado e hiperactivo fue descuidando con los años muchos de los aspectos técnicos y argumentales de sus películas. Pero al menos en el caso de Love Camp nos topamos con una película mejor rodada de lo que a priori cabría sospechar[8], pudiendo especular, por otro lado, con la opción de que muchos de esos momentos ridículos a los que aludíamos antes sean más buscados que accidentales o meros síntomas de dejadez. Es decir, que el líder revolucionario – cuyo nombre, recordemos, es Da Guerra – esté interpretado por un actor de origen germánico, rubio y con los ojos azules parece una broma de Franco. De hecho, siguiendo en esta línea, no está de más anotar que en un momento del film, cuando se disponen a pasar lista citando a los distintos combatientes, hay uno al que llaman Felipe González, y cuyo nombre asimilamos como el secretario general del PSOE en aquella y posterior presidente del gobierno de España, como clara chanza que el director de Miss Muerte lanza hacia su país natal.
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Por este motivo, quizás no deberíamos tener demasiado en cuenta que Angela termine enamorándose de su captor o que, allá al final del metraje, se establezca entre ellos uno de los desenlaces más sonrojantes que este humilde plumilla ha podido ver a lo largo de su experiencia como cinéfago: en el último tramo, Angela logra escapar junto a su original marido, pero inexplicablemente cambia de opinión y, pese a todo lo vivido y haber sido una esclava sexual en el susodicho “campamento del amor”, decide volver con el comandante Da Guerra, no sin antes dejar el diálogo más bochornoso de toda la película (pero a la vez el más desternillante)[9]. Visto lo visto, solo quedan dos opciones: pasar un buen rato con un producto hecho con mucho morro y falto de pretensiones o rasgarse las vestiduras por una inofensiva película que no pretende llegar a tanto. Está claro, ¿no?

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[1] Mujeres en el campo de concentración del amor, al menos si tuvo distribución en salas españolas a finales de los setenta.
[2] “Jesús Franco” de Carlos Aguilar. Ediciones Catedra, 2011.
[3] Id. Nota 1. Pág. 141.
[4] Maria Schell encarnaba a una funcionara que acudía a la institución penitenciaria con el objetivo  de esclarecer supuestos maltratos y vejaciones a las reclusas, además de la muerte de alguna interna.
[5] El abogado interpretado por Dennis Price intentaba salvar a la pareja injustamente acusada – los amantes del título – interpretada por Geneviève Deloir y Andrés Resino.
[6] Curioso que esta tropa de revolucionarios que cuenta con mujeres entre sus filas rapte a otras para violarlas…
[7] Anagrama de Ilsa, la más famosa y letal dominatrix de los wipque encumbrara a Dyanne Thorne, y también protagonista de la mano de Jesús Franco en una secuela bastarda retitulada comoIlsa, the Wicked Warden y editada recientemente por Tema y Cameo como Ilsa. Greta haus ohne männer, dentro de la colección “Inéditos de Jesús Franco” y de la que ya hablaremos en las próximas semanas.
[8] A destacar la colorista fotografía del poco prolífico Ruedi Küttel, habitual en las co-producciones suizas que Franco rodó en los setenta.
[9] ¿SPOILER? ANGELA: “Aunque intentes deshacerte de mí, volvería contigo de todos modos. Será mejor que me lleves contigo”. / DA GUERRA: “Lo pensaré, cariño”. (¿¡!?)

sábado, 9 de agosto de 2014

¡Zarpazos!: Un viaje por el Spanish Horror (2013)




Al igual que ocurriera con otros fenómenos cinematográficos alumbrados y acuñados en el viejo continente (como el péplum, elspaghetti western, el giallo o, ya si apuramos, el cine de terror producido por la británica Hammer), el fantaterror español tuvo un periodo de esplendor demasiado corto. Más concretamente, se suele fechar su existencia desde el 1968 con el estreno de La marca del hombre lobo de Enrique L. Eguiluz, hasta 1975, año de la muerte del dictador Francisco Franco. Aún y con esas, pese a su corta vida, el fenómeno fue muy intenso, llegando a cifras de vértigo en el año 1973 en lo que a estrenos se refiere. Esa explosión de cine de terror que se prodigó durante apenas siete años generó su propio star system con Paul Naschy a la cabeza, y en sus centenares de títulos conoció algunos ejemplos de lo más interesantes y singulares, que han influido a las siguientes generaciones de cineastas de todo el mundo. Sin embargo, ocurre algo muy peculiar con esa época dorada, pues son pocos los historiadores y escritores especializados que parecen ponerse de acuerdo a la hora de abordarlo. El fantaterror patrio tuvo nombres tan importantes y carismáticos[1] que realizar una aproximación generalizada a esa etapa haciendo justicia a cada uno de ellos parece una tarea cuanto menos difícil, más no imposible, como se han ocupado de demostrar algunos ensayos recientes como Silencios de pánico[2] de Diego López y David Pizarro, en el que al menos se intenta abarcar de un modo más o menos pormenorizado a todas las figuras que intervinieron en ella.

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Víctor Matellano, en cuyo currículum como director figura el cortometraje Tío Jess[3], la recientemente estrenada en el pasado Nocturna Wax o Vampyres, remake actualmente en fase de post-producción de Las hijas de Drácula de José Ramón Larraz, parece tener muy claro este pequeño gran hándicap y “adapta” su propio libro Spanish Horror[4] de una manera muy particular, repitiendo el modus operandi de otros documentales recientes sobre subgéneros y cine de derribo (véase al respectoNot Quite Hollywood: The Wild, Untold Story of Ozploitation![5] o Machete Maidens Unleashed![6], ambos dirigidos por Mark Hartley), con el conocido objeto de trasladar al espectador hasta la edad de oro del cine de terror español utilizando distintas voces y sin necesidad de utilizar un narrador concreto que sirva de guía. Entre estas voces encontramos nombres capitales del fantaterror: el de los cineastas Jorge Grau, Eugenio Martín o el propio José Ramón Larraz, además de Jack Taylor, Antonio Mayans, Caroline Munro, Lone Flemming o Colin Arthur. Pero también hay cabida para algunos rostros más actuales, como los directores José Luis Alemán o Paco Plaza, además de contar con el testimonio de escritores especializados del calibre de Carlos Aguilar, cuya pluma ha intentado definir las líneas argumentales a seguir de ese periodo, no sin antes levantar cierta polémica[7] entre los amantes del género. Gracias a estos y otros rostros (entre los que podemos destacar a Joe Dante o Jose Luis Galicia, y más especialmente, debido a su protagonismo, a Ángel Agudo[8] y el cortometrajista Manuel M. Velasco, de los que el realizador se sirve para que de algún modo lleven la voz cantante en el desarrollo del documental), Zarpazos conforma un peculiar collage de declaraciones e imágenes de archivo separados por capítulos[9], que a priori nos puede parecer algo atropellado y confuso, pero que rápidamente va tomando forma y dibuja una amena y somera aproximación al cine de terror español y sus diferentes etapas (es decir, sus inicios, su auge, su caída y en la actualidad). Quizás no sea muy errado decir que según avanza el documental se intuye el esfuerzo de Matellano por intentar satisfacer a los amantes del género, mostrando cierta equidad hacia todas esas figuras que formaron el denominado fantaterror, pero sin ocultar, eso sí, la preferencia por Paul Naschy (no por menos, su voz abre y cierra la cinta, además de contar con un capítulo propio), que al menos no se antoja tan desmedida como en algunos estudios literarios recientes (ni obviamente, tan ninguneada como en otros que no nombraremos para no herir susceptibilidades).

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Pero este modo de narración (recordemos, llevado a cabo mediante los diferentes testimonios que intervienen acompañados de diverso material de archivo), también le cobra factura al resultado, pues a lo largo del documental se dan algunos errores/lapsus[10] que, curiosamente, están vertidos por las dos personas más presentes a lo largo del metraje, es decir, Agudo y Velasco. Por otro lado, muchas veces el diferente material de archivo utilizado no guarda demasiada relación con lo que en ese instante se está explicando[11]. Tampoco es comprensible que en el capítulo de los antecedentes al fantaterror figuren filmes como Ella y el miedo de Klimovsky oHipnosis de Martín (ambos más bien ejemplos de thrillers, aunque en el segundo ejemplo exista algún eco fantástico), o, en todo caso, que no se mencionen otros ejemplos puros como El sónido de la muerte de José Antonio Nieves Conde[12], pongo por caso; igual de incomprensible resulta que no salga a colación una de las obras maestras más populares del cine español de género, ¿Quién puede matar a un niño? de Chicho Ibáñez Serrador, o que no se profundice algo más en este director que aunque no se prodigó mucho en el cine su serie para televisiónHistorias para no dormir sí que creo que influyó, ni que sea un poquito, en el boom del terror del 68.

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Esta serie de puntillas dan fe de lo que exponíamos al inicio del texto: la dificultad para contentar a los siempre exigentes amantes del cine de terror español. Quizás, antes de rasgarnos las vestiduras tendríamos que tener en cuenta que estamos ante un documental – medio en el que, lamentablemente, no se puede abarcar todo lo que a lo mejor si se podría hacer en una obra escrita -, por lo que es más que entendible la ausencia de no pocas películas o que en algunos casos se pase por ellas a pies juntillas. Así que, anteponiendo que tampoco soy ningún estudioso ni especialista del fantaterror patrio, y pese a los defectos que atesora, démosle la bienvenida a todos los documentales que sean al menos igual de entretenidos y estén hechos con el mismo cariño que Zarpazos.


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[1] Jesús Franco, Chicho Ibáñez Serrador, León Klimovsky, Juan Piquer Simón, o Amando de Ossorio, además del referido Paul Naschy/Jacinto Molina, son algunos de ellos.
[2] Editado en España por Tyrannosaurus Books.
[3] Corto co-dirigido junto a Hugo Stuven, candidato al Goya al mejor cortometraje documental del 2013.
[4] Spanish Horror de Victor Matellano, editado por T&B Editores.
[5] Divertido documental sobre el cine de explotación realizado en Australia durante la década de los 70 y 80.
[6] Recorrido por el cine de Serie B filipino surgido en los sesenta y explotado en la década de los setenta.
[7] Por todos es conocida la fobia que siente Aguilar  por la obra en general de Paul Naschy, de la que (injustamente) apenas salvaLa marca del hombre lobo.
[8] Director del documental El hombre que vio llorar a Frankenstein (2010), centrado en la figura de Paul Naschy.
[9] Titulados: “El miedo”, “Coproducciones y cine de género”, “Antecedentes en el terror”, “El boom español”, “Influencias”, “Algunos directores (León Klimovsky, Amando de Ossorio, Juan Piquer Simón, José Ramón Larraz y Jesús Franco)”, “Paul Naschy”, “Sexo, violencia y sangre”, “El Post-boom”, “Algunos títulos indispensables (No profanar el sueño de los muertos,Pánico en el Transiberiano y La residencia)” y por último ”Legado”.
[10] En el documental se llega a apuntar que Narciso Ibáñez Menta era argentino (¡!) o que La muerte tenía un precio de Sergio Leone, no sabemos según qué criterios, es más española que italiana (¿?).
[11] Para ilustrar de un modo más claro lo que quiero decir, en un momento dado se ve una foto promocional de Empusa (Jacinto Molina, 2010) entre medio de imágenes de películas de más antiguas.
[12] Producción de 1966 que adelanta algunos elementos que posteriormente se utilizarían en la archiconocida Posesión infernal de Sam Raimi.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Se anuncia el estreno de "A ritmo de Jess", un video-diario del último rodaje de Jesús Franco



 Aunque falleciese el pasado 2 de abril, la obra de Jesús Franco todavía no ha concluido del todo. Y es que a falta de poder ver la segunda parte de Al Pereira vs. the Alligator Ladies, llamadaRevenge of the Alligator Ladies – cuyo estreno mundial se prevé dentro de la próxima edición del Festival de Sitges junto a las inéditas Monte de Venus y Lascivia -, a su alrededor gravitan varios documentales que muestran lo que fue el último rodaje del director más transgresor y fructífero de la cinematografía española. Uno de ellos viene de la mano de uno de los realizadores más emblemáticos del underground barcelonés,  Naxo Fiol, autor de Fernando Project[1] y de cortometrajes como El hombre que odiaba el Súper 8, El hombre que se creía Harry el sucio o Coños y barro y Posición violación[2] (ambos junto a la carismática Irene Verdú). En él, y según palabras del propio Fiol, su autor promete “pura y dura realidad”.


Hablamos de A ritmo de Jess, documental que se estrenará en salas el próximo 18 de octubre y que promete ser el retrato crudo y descarnado de lo que se coció detrás de las cámaras de las dos películas póstumas de Jesús Franco y de la experiencia única que debió ser el rodaje de éstas. Sin embargo, lo que a priori podría parecer un documental al uso o el típico making off, A ritmo de Jess se desvela como un testimonio único. Una prueba fiel y sin florituras de lo acontecido durante el verano del año pasado en Málaga, sin necesidad de entrevistas y, siguiendo con las palabras de Naxo, con la “crudeza y espontaneidad que otorgan el formato digital y la cámara en mano”.A la espera de su estreno en salas, proyectada para el próximo 18 de octubre, A ritmo de Jess tendrá su premiere en el FKM – Festival de Cine Fantástico da Coruña el próximo 19 de septiembre y además entrará dentro del merecido y generoso homenaje que el Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya rendirá a Jesús Franco en ña edición de este año dentro de la programación de su espacio alternativo “Brigadoon”.


En las próximas semanas, os ofreceremos una entrevista con Naxo Fiol, en la que el director de A ritmo de Jess nos contará diferentes pormenores relacionados con su nuevo trabajo.

[1] Editado en DVD por Manga Films en 2002.
[2] Este último incluido en Barcelonorra, collage de diferentes cortos en el que colaboran Hernán MIgoya o Nestor F., junto a otros.

martes, 2 de abril de 2013

FRANCO HA MUERTO


Hoy el cine recibe la triste noticia del fallecimiento de Jesús Franco en la clínica Pascual de Málaga, después de sufrir un ictus el pasado miércoles. Jesús Franco nos ha abandonado, si, pero no sin antes haber cumplido su promesa de no dejar de hacer cine mientras siguiera con vida y dejando un legado de más de doscientas películas, muestra inequívoca de su energía inagotable y su espíritu iconoclasta.

Con tamaña filmografía es imposible poder resumir toda una vida/obra en apenas unas líneas, pero aún así podríamos intentarlo: colaboró con directores de la talla de Juan Antonio Bardem, Luis García Berlanga, Fernando Fernán-Gómez y Orson Welles; debutó detrás de las cámaras con Tenemos 18 años y cuando (casi) nadie daba un duro por el cine de terror en España dirigió una de las películas más representativas del fantaterror patrio, Gritos en la noche. Poco tiempo después, movido por sus ansias de libertad – algo que siempre ha mostrado en sus películas – y por el jazz, Jesús Franco abandona su país de origen y se instala en Francia, Alemania y donde hiciera falta, y gracias a ello realizó verdaderas obras de culto como Necronomicon (akaSuccubbus), film  que recibió los elogios del mismísimo Fritz Lang y con el que iniciaría una nueva etapa narrativa que marcaría el devenir del resto de su filmografía.

Soledad Miranda, con quien colaboró en El conde Drácula y Las vampiras, se convirtió en todo un ícono del TERROR universal (y el único femenino que ha brindado al género nuestro país). Tras su muerte, a mediados de los setenta conocería a Lina Romay, musa y compañera que comprendió desde el principio el modo de vida de Jesús y que tristemente también nos abandonó el año pasado. Dicen las malas lenguas que su unión propició el declive definitivo de su carrera, pero lo cierto es que, para bien o para mal, y pese a que la actriz catalana no tuviera el magnetismo de Soledad Miranda, el cine del Tío Jess nunca hubiera sido el mismo sin su figura y quizás piezas tan inclasificables como El sexo está loco, jamás hubieran visto la luz.



Jesús ha tocado todos los géneros (del musical, Vampiresas 1930al cine de acción Viaje a Bangkok, ataúd incluido), ha sido un abanderado del cine clasificado “S” (Macumba sexual), del porno (Una rajita para dos) y del formato digital aquí en España (Paula-Paula); ha marcado a toda una generación de cineastas de culto que van de David Lynch (es inevitable encontrar ciertos paralelismos entre Venus in furs y Carretera perdida) a Quentin Tarantino (en Jackie Brown Quentin Tarantino utilizó uno de los temas de la banda sonora de Las vampiras); y buena muestra de su dedicación y entrega al cine – y de esa promesa de la que hablábamos al principio – ha quedado plasmado con el hecho de que hace escasos días antes de su muerte estrenase Al Pereira vs the Alligator Ladies, su última película hasta la fecha aunque no la última que realizó.

Y es que aunque Franco ha muerto, aún no ha dicho la última palabra. Cual Cid Campeador aún le resta por librar una última batalla después de muestro, con el estreno de Revenge of the Alligator Ladies, film que se convertirá así en su película póstuma. Pero lejos de tratarse de una licencia poética, la comparación con Díaz de Vivar se antoja de lo más oportuna. Ambos consiguieron lograr algo al alcance de muy pocos: convertirse en una leyenda en vida.

Descansa en paz, tío Jess.

Escrito para La Abadía de Berzano en colaboración con José Luis Salvador Estébenez.